Cristóbal Romero Bordón fue una de las personas con mayor compromiso social que he conocido. Falleció repentinamente en La Palma el 3 de marzo de 2025. En los años noventa desempeñó responsabilidades en la administración educativa del Gobierno de Canarias, impulsando programas como la Red Canaria de Escuelas Solidarias, donde vinculó educación y solidaridad internacional (Daniel Barreto). Su perfil fue amplio y a lo largo de su trayectoria destacó por ser:
• Docente en la pública durante 35 años.
• Responsable del Programa de Innovación Educativa de la Consejería de Educación de la Comunidad Autónoma Canaria.
• Redactó el Programa Educación para la Paz, la Solidaridad y los Derechos Humanos, entre 1994 y 2000.
• Profesor de Filosofía y Ética en el Centro Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC).
• Jubilado, impartía en el ISTIC la formación titulada Ética del voluntariado.
• Responsable del Voluntariado de Fundación Adsis Canarias.
• Coordinador de la Red Canaria de Escuelas Solidarias desde 1997 a 2000 y de la Red Ruta Solidaria de Fundación Adsis, desde el 2000 al 2018.
Para Cristóbal Romero Bordón (1958–2025) su fe no fue un refugio, sino un compromiso para mejorar el mundo con implicación política. A veces, desde que lo conocí de niña, pensé que Cristóbal era un idealista, y nunca lo vi perder la esperanza de un mundo mejor... Los cambios siempre empiezan con alguien que se atreve a soñar o tiene ilusión en conseguir algo. Para mí Cristóbal era una persona que podría cambiar realidades por su convicción e inquietudes sociales, políticas y religiosas. Cuando se fue de voluntario a África ya jubilado, su gesto me pareció admirable. Su identidad estaba marcada por la fidelidad a ayudar o cooperar en cambiar realidades. “Cristóbal era Cristóbal” (Daniel Barreto).
En una entrevista le preguntaron qué es lo mejor de ser voluntario, y dijo: "Sentirte formando parte y construyendo la gran familia Adsis con todas las personas vinculadas, sin distinciones de ningún tipo". Una vez una persona me dijo que él no era practicante, ni muy religioso, pero creía en la religión de Cristóbal, en esa manera suya de vivir la fe que consistía en ir siempre a apoyar a quien lo necesitaba en entornos marginales, con personas vulnerables. Era así ya en San Nicolás de Bari, desde los años sesenta.
En 2023 visitó a mi abuela, Dolores Casañas Alemán (1928-2023). Comentó que sus padres querían que estudiara igual que mi abuela, viuda y costurera con dos hijos. Para ellos la educación era un instrumento de superación, algo de lo que carecieron por vivir en un tiempo duro. Con esfuerzo y sacrifico, muchas familias lograron que sus hijos accedieran a tener estudios superiores. Con Teresa, se sorprendió de lo bien que mi abuela se acordaba de acontecimientos del barrio con casi 95 años. Me dijo que tenía que grabarla y coger nota. Le impresionó lo habladora y lúcida que estaba. Creo que se sentía escuchada. Se alegró profundamente con su visita. Cristóbal sabía perfectamente la trascendencia humana que conlleva dar la mano, mirar de frente y acoger la palabra del otro (Daniel Barreto).
Un factor decisivo que marcó su vida fue la beca en el Colegio Salesiano Sagrado Corazón de Jesús. Alejandro Hidalgo, enriquecido tras su emigración americana, decidió invertir su fortuna en educación como instrumento de promoción social. Casado con una mujer en Moya, dejó establecidas en su fundación seis becas para niños de Moya y seis becas para niños de su Agüimes.
Para mí uno de los grandes faros en su vida fue Adsis, además de su familia. En Canarias, en 1967-1968 surge el Movimiento Adsis de la mano de la Congregación Salesiana. La misión original y vocacional de la iniciativa consiste en “hacer presente a Cristo entre los jóvenes”. Para ello, se organiza como un movimiento de dirigentes jóvenes que desarrollan su labor principalmente en colegios, facultades universitarias y ambientes juveniles. En Las Palmas de Gran Canaria, comenzó en el Colegio Salesiano de la calle León y Castillo y, posteriormente, adquiere mayor autonomía con la creación del Club Llama, a finales de los años sesenta. Funcionó hasta los años 1972-1973 y fue uno de los referentes juveniles y socioculturales más importantes de la ciudad. Pasaron personas que posteriormente desempeñaron funciones relevantes en el ámbito social, político e institucional de Canarias, entre ellas: Francisco Medina Sosa (primer presidente), Francisco Zumaquero García (segundo presidente, con responsabilidades en administraciones municipal, insular y autonómica), Manuel Rosales Bautista (presidente de la Fundación Vicente Ferrer en Canarias), Froilán Rodríguez Díaz (alcalde de Arucas a finales de los años 90 y Director General de Asuntos Sociales del Gobierno de Canarias), Andrés Domínguez Iglesias (Director de Cáritas Diocesana entre 1984 y 1990), Eusebia Nuez (Directora del Instituto de la Mujer Canaria a finales de los años 90) y Mari Carmen Carrascosa (referente profesional en el ámbito social de atención a mayores).
El Movimiento de Comunidades Cristianas Adsis adoptó en Canarias una decisión para hacerse presente en los barrios más empobrecidos de Las Palmas de Gran Canaria, y fueron elegidos San José, La Isleta y San Nicolás de Bari, dividido en tres sectores: San Nicolás, San Bernardo y San Lázaro. Cristóbal señala que San Nicolás se encontraba con graves carencias urbanísticas: sin calles asfaltadas, predominio de callejones y escalinatas de difícil acceso, infravivienda y chabolismo, tasa altísima de analfabetismo (65 % de la población adulta) y con estructura socioeconómica basada en pescadores, artesanos y trabajo doméstico femenino; especialmente en la zona alta. A ello se añadía una dimensión menos visible, pero profundamente marcada por la historia: el miedo heredado de la Guerra Civil y la posguerra, con relatos de personas ocultas durante años para evitar represalias.
Una vez le comenté a Cristóbal que la “ilustración” del barrio pudo llegar en parte gracias al Teatro Pérez Galdós. Incluso personas con una formación muy básica, como mi abuela, tuvieron contacto con zarzuelas y óperas porque un vecino que trabajaba allí los dejaba entrar cuando eran niños. Aquel contacto con la cultura pudo ser un factor decisivo para cambiar el paradigma de quienes habían pasado hambre y grandes dificultades económicas. Quizá despertó en ellos el deseo de que sus propios hijos pudieran acceder a estudios superiores. Me reconoció que podía estar en lo cierto...

Para él, la profesión no es solo un medio para ganarse la vida, sino una herramienta cualificada para transformar las estructuras que generan pobreza y opresión. El trabajo profesional se entiende como vocación de servicio y compromiso con la justicia, vivido incluso como dimensión profética. Sostenía que toda la comunidad educativa (familias, profesorado, alumnado y personal no docente) tiene un enorme potencial para generar cambio social. Pero para que eso ocurra, la educación debe dejar de tratar a las personas como sujetos pasivos y convertirlas en protagonistas activos. Los centros deben fomentar la cultura participativa, la democracia participativa, la cooperación y el trabajo en red.
En el voluntariado de Adsis, en casi todas las reuniones nos pedía que escribiéramos un resumen. Una vez en tono de broma le dije que le gustaba mandar deberes. Yo creo que, en el fondo, no eran solo tareas: quería saber nuestra opinión, qué pensábamos y qué había que mejorar. Allí emergía su faceta de docente al estar tantos años en un aula; aprovechaba cada encuentro para enseñarnos a reflexionar, a ordenar ideas y a comprometernos más. Buscaba personas para impartir formación o charlas que compartieran su misma sensibilidad y compromiso social, como Francisco Zumaquero García. Su constancia y perseverancia en creer en un mundo mejor me impresionaban profundamente. Pensaba que alguien que llevaba luchando desde los catorce años debía haber visto pequeños milagros para no perder nunca la esperanza. En una reunión de voluntariado habló sobre la importancia del autocuidado. Nos hizo entender que ayudar no significaba asumirlo todo, sino saber estar, apoyar y, al mismo tiempo, cuidarnos nosotros. Con un voluntario menor de edad estaba especialmente pendiente, lo integraba en el grupo y procuraba que se sintiera acompañado y valorado. En la entrevista del voluntariado le comenté que era necesario arreglar los parterres y algunos espacios de equipamientos libres, y gracias a aquella aportación se activó el proyecto Cuidemos el barrio.
Había reiniciado las investigaciones para su tesis doctoral, dedicada a la historia de Adsis en Canarias, y sobre la que publicó un valioso artículo en la revista Almogaren (Daniel Barreto). Tenía tantos proyectos en su mente y tantas inquietudes como escribir quién fue Manuel Rodríguez (del que el centro de Adsis tiene su nombre) y quería volver a retomar las becas de los Salesianos. Antes que educador o voluntario, fue marido, padre, hijo, abuelo, hermano, amigo, compañero y vecino. A mi juicio, creía en las personas incluso cuando el entorno parecía negarles cualquier posibilidad.
Hay vidas intensas que no se miden por los años, sino por la huella. Vidas que arden con tal fuerza que iluminan a quienes están cerca. Hay quienes pasan por la vida sin apenas dejar rastro y hay quienes, sin cambiar el mundo entero, cambian pequeños mundos. Ese fue Cristóbal.

Bibliografía
-Cristóbal Romero Bordón:
a) 2009: "El Instituto de Secundaria: ámbito de presencia evangelizadora".
b) 2015: "El Movimiento Adsis y la opción por los pobres".
-Daniel Barreto:
2025: "En memoria de Cristóbal Romero Bordón".
https://www.adsis.org/es/noticias/fundaci%C3%B3n-adsis-%C2%BFqu%C3%A9-es-lo-mejor-de-ser-voluntarios
