A medio siglo del fallecimiento de Juan Manuel Trujillo, acaecido en Las Palmas el 4 de mayo de 1976, queremos decirlo de nuevo. Merece la pena insistir. La imagen dominante que tenemos de él, aquella que lo evoca en el centro de la vorágine provocada por La Rosa de los Vientos, se detiene a finales de los años 20, justo cuando comienza a escribir el grueso de su obra ensayística. Se trata del retrato de un autor de apenas veinte años, polemista culto pero tajante, convencido del furor renovador de las vanguardias, al que se sumó escribiendo unos relatos que en 1946, en una carta a María Rosa Alonso, llamará “estúpidos cuentos de los que me avergüenzo”; una imagen, en fin, acotada al periodo de su despertar intelectual, por muy brillante e influyente que este fuera en el momento.
Y sin embargo —sin ser del todo falsa—, esa imagen se interpone como un velo que dificulta el acceso a la potencia intelectual desplegada por Trujillo a partir de 1931, cuando se traslada a Madrid y envía desde allí sus colaboraciones a La Tarde. Un periodo en el que, frente a la provocación generacional en los círculos culturales de la isla, prevalece la exposición y reelaboración de ideas cristalizadas en el deambular urbano y la lectura solitaria; frente a la desparpajada rebeldía de vanguardia, el compromiso ético y estético con la memoria humanística; frente al ansia por identificar novedades entre sus contemporáneos, el acceso reposado a las obras de la tradición, especialmente las obras de la literatura canaria que reposaban en la penumbra de los archivos y las bibliotecas. A la espera.
“En busca de lector”. En ese sentido, la obra trujillana también espera pacientemente “en busca de lector”, igual que las siete islas de su famosa crónica aguardaban “un autor”. Es cierto que antes sería recomendable, como este año se propone Ediciones del Cabildo, una nueva publicación del conjunto de sus textos, reordenando, ampliando y mejorando la recopilación que —con la fundamental ayuda de su viuda, Lola de la Torre— preparó Sebastián de la Nuez (1986), pero también superando el alcance de las antologías que hasta ahora mantienen vivo sulegado: la de Joaquín Carreras Navarro en Idea (2007) y la que preparamos para la colección Pensar Canarias del Cabildo (2018).
Pero lo fundamental del cumplimiento de esta exigencia descansa en nosotros, en nuestra disponibilidad para desprendernos de tópicos y meternos en la brega. Como hemos dicho en otras ocasiones, ello obliga a lanzar una mirada crítica a nuestra recepción del periodo, marcada por una lectura de la vanguardia insular en exceso teleológica e historicista, que deja en sombra aquello que, a partir de 1930, no se oriente a anunciar el momento de “esplendor surrealista” que los miembros de gaceta de arte propiciaron en 1935, colocando supuestamente a Tenerife en el mapa de la actualidad literaria europea.
Pero no se trata solo de ampliar el foco de nuestro entendimiento de la época, sino de abrir los ojos propiamente: dejar de contentarnos con citar a Trujillo de forma lapidaria (“Canarias se ignora e ignora que se ignora”) o con recitar a pies juntillas sus dos o tres crónicas más conocidas (“Brindis en el homenaje a Agustín Espinosa”, “Siete islas en busca de autor” o “¿Existe una tradición?”, entre las más habituales), y atrevernos a leer el grueso de su obra periodística, en la que su reflexión sobre las Islas sobrepasa abundantemente lo contenido en el manojo de artículos citados, y en la que, más allá de la literatura, comparecen el cine, la pintura, el paisaje de la ciudad de Madrid, la política canaria, española e internacional…
Solo calibrando el alcance humanístico de su obra en estos años puede entenderse el papel que cumplió—sin levantar la voz—en el devastado espacio cultural de Las Palmas en los 40: sosteniendo una modesta pero exigente iniciativa editorial que, según Ventura Doreste, consiguió “imprimir un impulso definitivo a nuestra vida poética y enseñar el auténtico arte de la tipografía a quienes aún se hallaban en una etapa inexplicablemente provinciana”. Un trabajo silencioso dirigido a propiciar las frágiles circunstancias en que la palabra poética podía renacer tras la debacle política, moral y lingüística del fascismo y la propaganda bélica.
Una callada tarea que, si exceptuamos a Guillermo Perdomo —que le dedicó un hermoso libro hoy inencontrable—, apenas ha llamado la atención entre nosotros. Y ello a pesar de que entre las ediciones promovidas se encuentran algunos de los poetas más importantes de las décadas posteriores (los hermanos Millares Sall, Pedro Perdomo, Ventura Doreste, Pedro Lezcano, Juan Mederos, Antidio Cabal…); o de que su ascendencia sea detectable en las iniciativas editoriales minoritarias que nutren desde entonces nuestra memoria literaria; o de que su talante ante la tradición haya determinado el de algunos de nuestros mejores ensayistas (María Rosa Alonso, Ventura Doreste, Manuel González Sosa, Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Sánchez Robayna…). Pues, como en 1990 reconoció Manuel Padorno, Trujillo fue uno “de los más grandes agitadores callados, silenciosos, que hemos tenido en Canarias, de la poesía. (…) No se les ve nunca, están como detrás de todo, al fondo, siendo testigos de todo, calibrando la cosa literaria, dejándose llevar por su buen sentido y por el afecto”.


Trujillo a la espera. Pero, siendo importante, no se trata solo de recordar que el grueso de sus crónicas ciaboga reclamando el rescate de nuestra mirada lectora; lo que queremos también destacar es cómo su propia obra, especialmente su interpretación de la tradición, se sostiene en la idea misma de espera, que acompaña sus reflexiones durante toda su producción.
Resulta significativo que en el primero de los textos del que tenemos noticia —“Libros de Hidalguía”, publicado en Gaceta de Tenerife (1924) y no incluido hasta ahora en los recopilatorios de su obra— se nos relate la enigmática vida de un personaje que organiza su día a día pendiente de la llegada del toque del Ángelus, cuyas campanadas rompen la monotonía de su soledad haciendo presente el recuerdo de su hija, muerta años atrás. Como vemos, el joven Trujillo ya intuía la conexión que se establece entre nuestra capacidad de esperar y la posibilidad de que el presente se abra hacia el pasado, quedando ambos transformados en memoria. Una conexión que acabaría enhebrando el telón de fondo de algunas de sus más celebradas crónicas, como “Sobre la Bio-bibliografía de Millares” o “Canarias y sus muertos”, de 1932, “Fisonomía de Canarias”, de 1933, o “¿Existe una tradición?” y “Siete islas en busca de autor”, ambas de 1935. En ellas se establece la necesidad de tener en cuenta el pasado, pero la mirada que se reclama a la tradición no es un ajuste de cuentas con el presente para mantener la fidelidad a lo ya sido: Trujillo habita la expectativa, mantiene la esperanza —tiene “solamente la fe”, llega a escribir— de que los muertos, con sus ejemplos de vida, traigan al presente una apertura, pues “si repetidamente encontramos en los textos la historia del vivo que ha resucitado al muerto, también la Historia lleva sobreentendida el episodio contrario: el vivo resucitado por el muerto”.
También la tensión que la espera abre, posibilitando la emergencia de lo nuevo, determina algunas de sus ideas básicas en torno al proceso creativo. Como sucede en una crónica dedicada a gaceta de arte (1935), en la que se reivindica la importancia concedida al tiempo de exposición ante el arte ajeno para que pueda emerger la sustancia artística propia, pues “el negociante espiritual de cosas espirituales, espera que, pronto, entre los alimentados en la isla con los alimentos espirituales que él comercia, aparezcan fabricantes de cosas espirituales”. Por otro lado, también su minusvaloración del surrealismo podría ser entendida desde esta óptica, pues —como expuso en sus textos sobre Juan Ismael del mismo año— los representantes de este movimiento “tratan de transcribir fielmente, espontáneamente, las imágenes de la subconsciencia captadas por el sentido interno”, impidiendo “esa separación, esa distancia, esa disección” con que el pensamiento, a través de la imaginación, introduce en el mundo el tipo de novedad que caracteriza siempre a las mejores expresiones del arte. Los surrealistas —podemos deducir—, sometidos a la ley del automatismo, no saben esperar.
Todas estas ideas vuelven a aparecer en uno de sus últimos textos previos al golpe militar del 36, dedicado a los murales para el salón de plenos del Cabildo de Tenerife en los que por entonces trabajaban José Aguiar y Juan Ismael, amigos suyos que se sumarán al bando franquista. Como en los casos ya citados, en esta crónica se avisa de que “las últimas promociones tienen en este momento una actitud expectante; esperan la obra de arte o literatura que contenga el nombre —nombre poético, eterno— de las islas Canarias”.
Pero no fue el nombre de Canarias lo que arribó, sino la destrucción de la convivencia; y, al servicio de la violencia política, la palabra se orientó no al rescate de los vivos por los muertos, sino a justificar la muerte misma. Como sabemos, y aunque aún queden ámbitos por investigar —como sus posibles colaboraciones en la prensa latinoamericana a finales de los 40 y principios de los 50—, su respuesta general al tajo abierto por la guerra fue el silencio, renunciando a su actividad periodística del periodo republicano. Lo que hace más significativo aún que en uno de los pocos textos que nos quedan de ese periodo —su prólogo de 1946 a Sonetos a Josefina, de Ventura Doreste— Trujillo vuelva a deslizar una reivindicación de la espera como cauce de resistencia. Haciéndola emerger encriptada, como Leo Strauss descubrió en la obra de varios filósofos en tiempos adversos, no en el centro de una proclama política explícita, sino en los pórticos de una colectánea de inermes poemas amorosos: “¿Y cómo no esperar que la vileza del sentimiento y del pensamiento enseñen la nobleza al corazón y la rectitud a la inteligencia, y que la monstruosidad en las costumbres clame por el orden regular de la naturaleza?”.

“Los que esperan”. Como acabamos de ver, la relevancia de la espera en la obra trujillana no es circunstancial y tiene una trascendencia moral y política cuyo alcance podemos entender mejor si hacemos un breve desvío. En “Los que esperan”, un texto publicado en 1922 en el Frankfurter Zeitung, Siegfried Kracauer radiografía las posibles reacciones del sujeto en una época marcada por “el vaciamiento del espacio espiritual”, “el aislamiento del individuo” y “el relativismo llevado al extremo”. Conviene destacar que, aunque escrito bajo el impacto que la Primera Guerra Mundial, el artículo no trata este evento como la causa determinante de la situación espiritual europea. Para el pensador judeoalemán, el conflicto bélico no hizo sino exponer sin veladuras el entramado nihilista que sustentaba la sociedad moderna desde hacía décadas, lo que permite extender su análisis más allá del ámbito de los países beligerantes.
Dejando a un lado la opción de quienes, ante el sinsentido que corroe los vínculos en el mundo moderno, mantienen la apelación a un orden superior incólume (sea este de raigambre racionalista, religiosa o comunitaria), Kracauer aventura tres formas de reacción entre aquellos que, “conscientes de su situación”, miran de frente a la época y “permanecen en el vacío”. El primer modo es el del escéptico por principio, que “comprende claramente la tremenda seriedad de la situación, pero que al mismo tiempo está convencido de que él y sus iguales no pueden librarse de ella”. Una postura con la que se protege de las narcotizantes promesas de reconciliación con el absoluto, pero que le condena a habitar permanentemente un mundo desencantado. El escéptico por principio —podemos añadir—dirige todas sus energías a mostrar a cada paso la falta de fundamento trascendental de aquello que nos rodea, lo que paradójicamente acaba convirtiéndole en un defensor del vacío, bien sea de forma racionalista, bien sea de forma esteticista o, llevado al extremo, de forma cínica.
El segundo modo sería el del hombre-cortocircuito, que frente al relativismo epocal quiere “huir bruscamente de la monotonía y del mundo exterior para deslizarse rápidamente hacia una casilla protectora”. Desesperado, afirma una fe vacía encerrada en la clásica fórmula que enarbolan aquellos que “quieren creer”, y como ese gesto se sostiene en la nostalgia por un mundo que se sabe perdido desemboca en el fanatismo del sucedáneo, en una “estimación exagerada de su fe que muestra de modo suficientemente claro su fragilidad”.
Pero entre el compulsivo escéptico por principio, incapaz en el fondo de esperar nada nuevo, y el fanático hombre-cortocircuito, que trata de imponer a la fuerza la validez de su autoengaño, Kracauer identifica la categoría de los que esperan, para quienes el nihilismo que recorre los fundamentos de la modernidad no condena irremediablemente al mundo “a la falta de sentido”. Los que se mantienen a la espera no enarbolan la duda como principio, medio y fin de la relación con los otros, pero tampoco establecen un criterio unilateral de acceso a la verdad para ganar una falsa seguridad; ellos se sostienen “en un dubitativo estar abierto”, “en una actividad tensa” y en “un prepararse activo”. Solo para ellos existe la posibilidad de “transferir el punto central del yo teórico al yo humano entero y salir del mundo irreal atomizado de poderes disformes y de las formas desprovistas de sentido para entrar en el mundo de la realidad y de las esferas abarcadas por él”; o, como podríamos enunciar en hermosa expresión trujillana, para hallar “lo más difícil de encontrar en la tierra: el entusiasmo”.
No es difícil identificar en esta tercera categoría rasgos de la postura mantenida por nuestro autor ante la tradición canaria y el proceso creativo, de acuerdo con los ejemplos que hemos citado más arriba. Sin voluntad de exhaustividad, el esquema que propone Kracauer también arrojaría luz a las evoluciones de otros escritores vanguardistas, incluyendo algunos amigos de Trujillo, como Agustín Espinosa, cuya constante experimentación literaria admite ser leída desde la óptica nihilista del escéptico por principio; o Agustín Miranda Junco, que en Cartas de la Guinea culmina el andamiaje de un pensamiento propio del hombre-cortocircuito. Asimismo, podemos rastrear la fuerza transformadora presente en los que esperan en otras creaciones fundamentales de nuestra literatura. Como sucede en las dos interrogaciones (“¿Mi corazón será este hogar sencillo? / ¿Lo harán tu mano y tu piedad eterno…?”) con que Alonso Quesada cierra, abriéndolo a la posible redención por el amor, su tormentoso divagar en Los caminos dispersos; o la exigencia de justicia por venir que alimenta La esperanza me mantiene, de Pedro García Cabrera; o, más recientemente pero con similar aliento ético, la lectura de nuestra identidad que propone José Miguel Perera en Ancho de ánimas, cuyo primer poema, frente a un mar transfigurado por la injusticia que experimentan los migrantes que lo surcan, comienza con un breve, explícito y significativo verso: “Esperan”.
Conclusión. En las últimas décadas de su vida, Juan Manuel Trujillo redujo considerablemente su presencia en los ambientes culturales. Una desaparición favorecida por su conocida introversión y la fragilidad anímica, solo en parte compensados por la incansable proyección social de su esposa Lola de la Torre Champsaur, a varios de cuyos proyectos —como la catalogación del legado musical de la capilla de la Catedral de Las Palmas— sumó el apoyo de su inteligencia.
Recordarle aquí con motivo del cincuentenario de su muerte es solo un pequeño gesto que desea revertir el silencio que marcó su trayectoria final, haciéndolo elocuente, y mantener viva la memoria de su entrega a la cultura en Canarias. La reedición de sus escritos, a la que el Cabildo podría sumar su nombramiento como hijo adoptivo de Gran Canaria, será otro paso importante en este sentido. Como escribía Manuel Padorno, evocando su figura junto a la de Manuel González Sosa, “si un día tuviéramos que hablar de la Canarias profunda tendríamos que echar mano de ellos, reconociendo con asombro cuánto han hecho de la manera más real y más desapercibida”. Quizás nuestro mejor reconocimiento no sea otro que leer su obra en busca del entusiasmo que atraviesa cada una de sus palabras. Con la mano en la mar así lo espero.
