Revista n.º 1170 / ISSN 1885-6039

Antonio Bermejo y El baifo: «una revista de enfermos para enfermos» (y II)

Miércoles, 16 de septiembre de 2026
Pablo Estévez Hernández
Publicado en el n.º 1166

Nunca apareció con su nombre en la revista. Quizá estuvo camuflado, distanciado de lo visible, por su posible condición homosexual, según plantea Ramos Arteaga. Bermejo fue un intelectual honesto, al decir de Víctor Ramírez, que se diluyó junto a otras voces aún más apagadas y denostadas que la suya.

Rafael Franquelo, Antonio Bermejo y Víctor Ramírez. Habían publicado un cuento de Bermejo en la colección 'Cuentos Canarios Contemporáneos' (1980) antes de encargarse de juntar su obra en 'La huida' (1980)

(Viene de aquí)

La revista El baifo no figuraba en ningún catálogo en Canarias, hasta el momento en que apareció la copia legada por Hupalupa. Con ese número dedicado fue que intuí que Antonio Concepción Pérez estaba tras la edición (y podemos sospechar que Bermejo quizá fuera un colaborador destacado durante su encierro, pero no con el nivel de responsabilidad editorial que tenía Concepción). Gracias a ese vínculo probado pude hacer una búsqueda rápida de las huellas de este psiquiatra. Entonces fue que me enteré de su fallecimiento en agosto de 2020. Lo supe por una entrada en el blog del profesor de química y militante independentista Francisco Javier González, que confirma que Concepción era un naturalista apasionado en busca de yacimientos: «nos unía el entusiasmo por conocer nuestra tierra y nuestras raíces. Palmero de corazón y lagunero de adopción, bastantes pateadas compartimos por los riscales de la costa norte de Tenerife y por las Cañadas de Echeyde buscando los rastros de nuestros antepasados (…) encontró Antonio un enterramiento en los riscos de Mesa del Mar de los más interesantes que se conocen»1.

También di con fotografías que se presentaron en exposiciones del TEA (Tenerife Espacio de las Artes), y con eso, buceando en las imágenes, supe que existía un archivo legado tras su muerte al centro artístico. ¿Podría su familia haber donado más números de la revista del hospital psiquiátrico? Como dije antes, Néstor Delgado fue el que me indicó que TEA tenía copias de la revista y que algunas se habían expuesto en el museo. Por supuesto hay mucho más que contar porque en esos números -que pude consultar con la ayuda de Sara María Lima, en el TEA-, hay más pistas sobre esta historia.

Las portadas son similares a la copia que conocía, con el baifito asomando la cabeza de lado y la tipografía chiclosa que se infla y se desinfla con el nombre El baifo. Pero de una copia de 1977, que intuimos podría ser el primer baifo, se dice que se trata de la revista del teleclub; es decir, la posible continuación de una publicación asociada al espacio para ver televisión en el centro psiquiátrico. También hay otro detalle que diferencia la portada de la que conocimos antes: la nomenclatura del centro es distinta y en vez de Hospital Psiquiátrico Provincial vemos que todos los números previos a 1978 subtitulan El baifo como Sanatorio Psiquiátrico Provincial.

Portada de 'El baifo' (1977-1978), cuando el hospital psiquiátrico era llamado 'sanatorio'. (Archivo Antonio Concepción Pérez. Centro de Documentación. TEA Tenerife Espacio de las Artes, Cabildo Insular de Tenerife)

Los primeros números, fechados sobre 1976-77, contienen introducciones de la editorial, escritas en mayúscula, donde se da información sobre cómo fue desarrollándose la revista: UNA VEZ PUESTA EN MARCHA LA IDEA, SE COMENZÓ A RECOGER TODO TIPO DE APORTACIONES LITERARIAS. Y con respecto al nombre de la revista, ahora sí podemos comprobar su origen en otra expresión: ESTÁS COMO UNA CABRA, que el editor pasó a NUESTRO BAIFO CANARIO. Pero es gracioso luego encontrarse con un quiz o trivial inventado por una paciente, donde una de las preguntas es: «¿A qué genio se le ocurrió el título El baifo?».

El mismo trivial contiene más preguntas, algunas muy quisquillosas: «¿Por qué se paga en Terapia Ocupacional? ¿No sería mejor que los pacientes autogestionaran el Taller?». Y en otra se cuestiona el estatus mismo del centro: «¿Qué es esto?». Pero para llegar a la pregunta a veces la inventora del trivial tiene que desarrollar, y así hay una que va sobre la cantina o el economato, donde se puede pedir de comer un bocadillo y un refresco, pero «nunca puedo tomarlo a gusto», porque a la gente enferma se le requiere que cuando compren desalojen la zona. Entonces vamos aproximándonos, en un largo párrafo, a esta excepcional pregunta del quiz. A la paciente le dicen: «Anda niña, andando, tómate la Coca-Cola y lárgate fuera». La autora observa que a los y las empleadas del centro no se les pide que salgan, y no es por falta de espacio, por lo que así llega la pregunta: «Si pago lo mismo que ellos, ¿Por qué ese trato tan humillante?». El trivial comienza a hacer visible un conflicto latente en el centro, y así El baifo es un reflejo inesperado de las tensiones habituales en lugares de encierro. «¿Es que tampoco tiene valor nuestro dinero?».

Quizá, el polo opuesto de esta tensión sean una serie de colaboraciones de un posible auxiliar que firma como Víctor Suárez. Su discurso es altamente empático con la gente que cuida en el centro, a su vez que contiene una raigambre católica y un posicionamiento ideológico que no oculta. Suárez habla críticamente del aborto, del comunismo, de los vicios. Y las más de las veces se dirige a las y los compañeros, como cuando en su artículo «Consideración» dice: «No defraudemos nunca a los pacientes, seamos sus amigos». Pasamos números y números, enfilando el marco temporal de la revista hacia la década de los ochenta, y ya no solo aparecen quejas intercaladas en un juego sobre el psiquiátrico, sino reclamaciones directas, colocadas en una extensa lista por las y los internos. «¿Por qué, durante las horas de las visitas nos mandan a los enfermos a un patio, so pretexto de evitar que se molesten a los visitantes (pedir dinero...) y sin embargo se considera normal que el propio personal de la casa asalte comprometedoramente a nuestros familiares en petición de dinero para obras benéficas o ventas de rifas?».

Felicitación navideña de 'El baifo' (Archivo Antonio Concepción Pérez, TEA)

Dibujo incluido en un número. (Archivo Antonio Concepción Pérez. TEA)

En otro número Víctor Suárez se mete con el tema de la identidad canaria. Asegura que él no es canario, pero que se siente tal, y que no comulga con el clima actual (en ese momento al menos) de sentimiento antiespañol. Este ensayo suyo se llama «Ni Guanches Ni Godos» y concluye que es española la identidad común de quienes son de las Islas y de fuera, de la Península. Una identidad que, insiste, es una superación del racismo de las categorías precedentes. Y justo acabando Suárez con unos versos que dicen que los canarios «españoles son», aparece un corto artículo de Carmen S., que ya conocimos al leer «Vegetando» en el primer número que encontré. Carmen S. titula su pieza «¿Discriminación racial?». Acribillando a quien se acercara a leer, comienza con la pregunta: «¿Por qué se discrimina tanto a los enfermos mentales [como si fuéramos] de una raza diferente?». Y esto lo argumenta bien, con casos reales que ha experimentado en el hospital y que va contando uno a uno. Por ejemplo, que la loza de las enfermas está separada de la del personal trabajador, o el caso de «una Auxiliar Clínico, que trae una manta que doblada la coloca en los sillones donde va sentarse, porque dice que le da mucho asco sentarse donde lo hacen las enfermas y se le puede pegar algo». Pero Carmen arremete: «La locura no se pega. No es contagiosa».

Víctor Suárez no tarda en responder a esta crítica; lo hace en el siguiente número, en un nuevo artículo titulado «Discriminación nunca…», diciendo que le dejó mal sabor de boca el de Carmen, pero que admite como ciertas las historias ahí contadas. El escándalo estaba servido y todo se dirimía intelectualmente en esta revista de circuito cerrado. Otra potente crítica de Carmen S., escrita en otro número, trata de los minisueldos recibidos por los y las pacientes, que sirven para cubrir necesidades del lugar que no son justamente pagadas, «al trabajar por el empleado un enfermo» que cobra solamente esta mini remuneración, sin que se paguen de verdad labores importantes, como la cocina, la limpieza y las cantinas. De esta manera, las enfermas escriben sobre las condiciones, y el personal responde, siendo la revista un escenario público de confrontación y negociación. También se aprecian las distintas modalidades psiquiátricas en tensión en la época, desde la franquista asistencialista a la nueva psiquiatría, con terapias más participativas. Pero, en conjunto, El baifo es un experimento polifónico y un intento de plasmar un discurso más allá de lo que Robert Chapman ha llamado el imperio de la normalidad.

De alguna manera, la revista y las terapias asociadas a su publicación pueden constar como antecedentes al cambio de paradigma en la gestión psiquiátrica en los setenta, con la apertura de los centros a nuevas intervenciones culturales, como la vez que la activista trans Farah Azcona Cubas y un grupo de voluntarias entraron al hospital a cortar el pelo a las internas en 1986, junto con la banda Ataúd Vacante2. Así fue que el «punk entró en el hospital psiquiátrico»3. El baifo es de la era prepunk, pero sus modos de hacer son bastante punk.

Aparte de estos conflictos hay mucho más en El baifo. Hay internos e internas que no paran de dar recetas: de tocino de cielo, de yemas de santa Teresa, etc. Hay dos personas que se citan entre sí sobre el mutuo acuerdo de que estamos trabajando para extraterrestres. En un número la editorial agradece la fraternidad entre centros psiquiátricos y se nombra el intercambio de revistas que sirvió a Martínez-Azumendi para dar con la existencia de El baifo4. A Tenerife habían llegado estos ejemplares: La Tapia y Amunt de Barcelona; Altozano, de Valladolid; el mentado El Cuco, de Las Palmas; y una revista del Hospital Insular de Tenerife: Come Cocos (de esto tan solo sabemos de una publicación con el mismo nombre del Hospital Psiquiátrico Provincial de El Palmar en Murcia, pero puede ser una coincidencia con el nombre). Sabemos también, gracias a quienes escriben en la revista, datos relevantes del hospital psiquiátrico. En el ensayo «El Manicomio en que vivimos» se presenta el hospital como una pequeña ciudad compuesta por alcohólicos, subnormales, personas nerviosas, enfermos mentales y un largo etcétera, dando una cifra de 800 internos e internas en aquel momento (finales de los setenta). También hay un extenso ensayo de 1978 sobre los orígenes del hospital, firmado por Antonio Concepción, María de los Remedios Ramos, Harry Beuster y Soledad García.

Y claramente, sobre el encierro hay textos y poemas desgarradores, divertidos y surrealistas. P. Calero escribe en un poema: «Trancado sin saber cómo / en el hospital psiquiátrico / pensando en los mil trabajos / que mi padre está pasando. / Animales, plantas locas / que el viento estremece / Atendiendo a su esposa / pues está también padece».

Eberto escribe un genial poema sobre la guagua del hospital, “Nuestra Guagua (Canary autobús)»: «Aquí tenemos una guagua / para salir de paseo / pero qué desgracia / ¡que se nos está pudriendo! / Nosotros tenemos ganas / de excursiones y paseos. / ¿No será lo que creo? / ¿Qué para beber cervecita / no está la guagüita? / Ella es muy bonita / y es una pena grande / que por lo de la cervecita / no la saquen del garaje. / Bueno. Digo que es garaje /  por no decir cosa más dura / ya que es el único que hay / lo usan para basura. / Recuerdo un día /que, la pobre estaba en marcha / ella muy contenta / porque iba para Las Cañadas / con su carga de Monjas y empleados / ¡Pero que viaje corto dio! /  Eso es ya de majaderos / porque según digo yo / no llegó, sino a Los Naranjeros».

Bajo el encabezamiento «Lo cuenta un paciente», se narra la historia de un medianero sufrido que camina diez kilómetros ida y vuelta para entregarle leche a su amo, que un buen día se queja de que mezcla agua con la leche, a lo que el medianero, que finalmente descubrimos que es el paciente, responde: «¡Mira que boquita pa leche pura!». Y en la sección de humor «Entre locos», alguien escribe este chiste:

-¿Estás tocando el ARPA?

-Sí, el arpa de Noé.

-Entonces el arpa noé.

-¿Cómo que noé?

-Porque, lo que estás tocando es una persiana.

Y la firmante como Friqui, de la que leímos un poema antes, narra sus «Vacaciones en el Centro», en alusión a sus constantes recaídas nerviosas y sus internamientos, con sus ciclos de pinchazos, terapia, comidas y las horas que ve TV. Finalmente concluye: «La vida con sus problemas y enfermedades es continuo sacrificio. Quisiera morir y amén. ¿Qué quién soy? Un hueco, un ser, una persona. ¿El demonio? Psss. TABÚ… En definitiva, una loca de la sociedad».

Dibujo realizado por una persona ingresada. (Archivo Antonio Concepción Pérez. TEA)

Dibujo realizado por una persona ingresada. (Archivo Antonio Concepción Pérez. TEA)

Los textos más profundos son los de Nuria G. sobre la «Muerte y la soledad». La muerte… «¿Cuántas veces fui en búsqueda de ella?». «Sí, sufrí una depresión. Una depresión de soledad quizá, que me rasgó el alma. Fui incapaz de ayudarme o de pedir ayuda, pero hoy me siento feliz». Tiempo después vuelve con otro texto, «La soledad del enfermo mental», todo un alegato crítico contra la falta de sensibilización en el tratamiento de la enfermedad. Nuria entra por desintoxicación y relata su ingreso paso a paso. Tras entrar con los pies temblando, «vino el historial, el porqué, cómo, dónde, cuánto… y yo me pregunto para qué quieren esos datos del paciente y qué hacen con ellos, porque si me han analizado, se han quedado ellos con el análisis. Si es para leerlo, tipo novela rosa, ya podrían escoger otros temas más agradables y si es para archivarlos y hacer la pantomima (…). Esto hace que me haga muchas preguntas sobre la psiquiatría y los centros psiquiátricos (…). ¿Qué importancia le da el psiquiatra al enfermo mental? (…) este centro está pidiendo a gritos más psicoterapia y menos medicamentos». Y también hay otras maneras de expresar este descontento. Esto dice Amador en esta especie de poema-diálogo llamado «Amor, Conciencia y Espíritu»:

-Hola, qué tal. ¿Otra vez por aquí; por este Hospital?

-En mi casa no me dejan cantar. En la calle, cuando canto, me meten aquí.

-Aquí, cuando canto, me ponen inyecciones.

-¿Es que no me pueden ver sino triste?

Hay un texto firmado con las siglas A. B. ¿Podía ser Antonio Bermejo? Nunca apareció Bermejo como tal en todos los números que pude consultar entre lo que hay en los dos archivos. Quizá estuvo camuflado, distanciado de lo visible. A. B. escribe en femenino y habla de una pasión irrefrenable por hombres con los que se acuesta. El texto se llama «Magnolia ardiente» e interpela a alguien superior, un «buen señor de los consejos», un «caballero de alto plumero», que termina respondiendo: «Lo que tú eres me da vergüenza de decirlo». La hipótesis de que Antonio Bermejo padeciera depresión por su posible condición homosexual, «fruto seguramente de la homofobia ambiental y familiar»5, ha sido planteada por el filólogo Pepe Ramos Arteaga, que ha incluido fragmentos de cuentos de Historia de café pobre en una compilación esencial de textos llamada Materiales histórico literarios para el estudio sobre la diversidad sexogenérica en Canarias (2025, Gobierno de Canarias).

Rafael Franquelo, Antonio Bermejo y Víctor Ramírez. Habían publicado un cuento de Bermejo en la colección 'Cuentos Canarios Contemporáneos' (1980) antes de encargarse de juntar su obra en 'La huida' (1980)

Es posible que Antonio Bermejo escribiera con pseudónimo, pero también que estuviera presente en números anteriores, o incluso posteriores, que no se encuentran entre estos dos archivos (siendo por tanto desconocidos aún), ya que es alrededor de 1981 o 1982, cuando Leal le hace la entrevista, ya viviendo Bermejo en una pensión en la avenida Trinidad, en Aguere (La Laguna). Su condición de maldito sigue jugando con el destino de su obra, como cuando La lluvia no dice nada (1956), su única novela, ¡se perdió antes de publicarse!

Cuando Bermejo se encontraba fuera del juego literario, el escritor Víctor Ramírez se encargó de publicar con honores sus pocos cuentos reunidos de la prensa. La colección se llamó La huida (1980), que es el título de un cuento que también refleja muchas cosas de la vida no literaria de Antonio, en constante escapatoria. En el prólogo6, Ramírez ensayó una teoría gramsciana de su marginalidad. No era solo una cuestión personal el caer en desgracia así, también lo era porque, para Ramírez, Antonio fue un «intelectual honesto». Ramírez está convencido de que «la misión del intelectual honesto ha de ser la del antimaestro, la del antiprofesor, la del anticatedrático al uso, de que el antioficialismo ha de ser la huella de todo intelectual, y esto por simple honradez» (¿acaso no incluiríamos al antipsiquiatra para el caso de Bermejo?). Al contrario, aquellas y aquellos que cumplen las normas oficiales y se pegan al poder quedan atrapadas en la caja de resonancia de la deshonesitidad. «Se salvó Bermejo, pues cayó y calló». Y ahora esta figura maldita y callada y apagada, todavía en la marginalidad de la hegemonía de las letras canarias, ha servido de vínculo endeble para encontrar voces aún más apagadas y denostadas que la suya.


Notas

  1. Véase: «Antonio Concepción Pérez-in memoriam». En: https://www.lacasademitia.es/articulo/firmas/antonio-concepcion-perez-in-memoriam-francisco-javier-gonzalez/20200812083600103363.html[
  2. Existe un vídeo de la actuación: https://www.youtube.com/watch?v=xi_ZLpRCijc&list=RDxi_ZLpRCijc&start_radio=1
  3. Momoito, Andrea (2023): «Una peluquería improvisada en el psiquiátrico de Tenerife». Público. Disponible en: https://www.publico.es/opinion/columnas/peluqueria-improvisada-psiquiatrico-tenerife.html?utm_source=native_share&utm_medium=social&utm_campaign=web&via=publico_es
  4. Por este rastreo, algo tortuoso por ir siguiendo pistas difusas, se ha comenzado a digitalizar todo este contenido, que ha ido pasando poco a poco de mi parte al proyecto psiquifanzines.
  5. Ramos Arteaga, José Antonio (2023): «Criarse en Santa Cruz de Tenerife en tiempos de Franco. Educaciones sentimentales en una ciudad de provincias atlántica». En: Geoffroy Huard y Javier Fernández Galeano (dir). Las locas en el archivo. Disidencia sexual bajo el franquismo. Marcial Pons. Madrid.
  6. Ramírez, Víctor (1982): «El compromiso de Antonio Bermejo». En: La huida. Planas de Poesía. Las Palmas de Gran Canaria. 
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