Hay lugares que forman parte de nuestro paisaje hasta tal punto que terminamos pasando junto a ellos sin detenernos a pensar en su historia. Lugares que, precisamente por haberlos visto siempre, corren el riesgo de volverse invisibles a nuestros ojos, pese a que atesoran una belleza extraordinaria y un enorme valor patrimonial. El Calvario de Las Lagunetas es uno de ellos.
Allí permanece, al borde del antiguo camino real y frente a la parroquia de Las Lagunetas, en la Vega de San Mateo (Gran Canaria), como un testigo silencioso del paso del tiempo. Durante generaciones fue una referencia para quienes recorrían aquel viejo camino. Primero lo hicieron caminantes y campesinos, entre polvo en verano y barro en invierno; después, los automovilistas, cuando el antiguo camino se convirtió en carretera asfaltada. El paisaje cambió, pero el pequeño calvario permaneció en su lugar.
Según la memoria conservada por los lugareños, el actual conjunto fue construido en octubre de 1931 por Pepe Ortega, vecino de El Vinco, en el mismo lugar donde ya existía una sencilla cruz de camino, documentada desde finales del siglo XVII. De todos los rumbos que partían de Las Lagunetas, aquel rincón se convirtió a partir de entonces en uno muy frecuentado.

La nueva construcción incorporó tres cruces, a modo de calvario de El Gólgota, y una hornacina con la imagen del Sagrado Corazón de María, cuya archicofradía está documentada en el aquel pago desde 1900. Esta advocación, especialmente venerada por los indianos que regresaban de Cuba, quienes la tenían como madre y guía, dio forma a un pequeño espacio de devoción que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en uno de los elementos más reconocibles de Las Lagunetas, cercano y cotidiano.
Una parada en el camino. Estos calvarios tenían una función que iba mucho más allá de la devoción religiosa. Eran puntos de referencia para el viajero en los cruces de caminos y lugares donde hacer un alto, rezar, dar gracias o pedir protección antes de continuar el sendero, y llevando sus dolores, penas, problemas, alegrías y peticiones, sumergiéndose en el bullicio del día. En Las Lagunetas, ese pequeño rincón acompañó durante décadas la vida cotidiana del pueblo. Allí se detenían quienes iban o regresaban de trabajar, los caminantes y también quienes participaban en los cortejos fúnebres que venían del barranco y los cercanos horizontes y alcanzaban aquella altura antes de llegar a la iglesia.
La escena debió repetirse muchas veces: el cortejo avanzando hacia la parroquia, acompañado por el cura, el sacristán y los monaguillos, con la cruz y los ciriales. Ante el calvario se hacía una pausa y se rezaba el primer responso para luego continuar hasta el templo. También estos espacios desempeñaban un papel destacado durante las procesiones, especialmente las de Semana Santa. Muchos calvarios de los caminos rurales presentaban una estructura semejante, con tres cruces y, en ocasiones, una pequeña hornacina destinada a albergar una imagen. Eran hitos religiosos, pero también puntos de orientación dentro del territorio.

La historia de El Calvario de Las Lagunetas no termina en su construcción. Como ocurre con tantos elementos de la religiosidad popular, su significado se ha ido construyendo con el paso de las generaciones. Existe, además, una curiosa conexión entre la familia de su constructor y otra de las tradiciones festivas del lugar. Un hijo de Pepe Ortega, llamado también Pepe Ortega, fue quien realizó la primera fiesta de La Bajada de la Rama en aquel punto, cuyo recorrido pasa hoy por La Solana, el Puente, El Vincol, Los Guinderos, la Virgen del Calvario, Los Vegas, la Panadería de Juan Mero y el barrio de San Francisco, para regresar posteriormente hasta la Plaza Nicasio Sosa… Así, una misma familia quedó vinculada a dos expresiones diferentes de la memoria colectiva de Las Lagunetas: el pequeño espacio de devoción situado junto al camino y una celebración popular que formaría parte de la vida festiva del pueblo.
Son detalles que quizá puedan parecer menores, pero que ayudan a comprender cómo se construye la historia de un lugar: no solo a través de grandes acontecimientos, sino también mediante las personas, las costumbres y esos pequeños espacios que permanecen generación tras generación. Y terminan convirtiéndose en un lugar con personalidad propia, auténtica encrucijada, distinto al resto urbano.
Cuidarlo es también recordar. Hoy, El Calvario continúa formando parte del paisaje de Las Lagunetas. Los vecinos siguen colocando flores delante de la imagen y cuidándolo a su manera, con esa naturalidad con la que se atiende algo que se siente propio, casi como si se tratara de alguien de la familia. Y en eso reside su encanto. Su valor no está únicamente en los materiales de los que está hecho ni en su antigüedad. Está, sobre todo, en la memoria que concentra. En las personas que se detuvieron ante él, en las oraciones pronunciadas, en los cortejos que hicieron una pausa a sus pies, en las procesiones que pasaron por delante y en quienes, generación tras generación, han ofrecido sus ofrendas y han seguido reconociéndolo como parte inseparable del patrimonio del pueblo, como parte de sus hechos y anécdotas propias del realismo mágico.

El Calvario semejaba y semeja un decorado dispuesto para una representación. Su estructura apenas ha sufrido variación en casi un siglo. Lo que ha cambiado ha sido el elenco de actores o personajes y tal vez la acción o trama. Es, por tanto, una expresión de religiosidad popular, pero también un fragmento de la historia de Las Lagunetas. Un elemento modesto que ha sobrevivido a la transformación del camino y a los cambios en la forma de vivir el territorio. Quizá por eso merezca ser conocido, cuidado y puesto en valor. Porque algunos lugares no necesitan ser grandes ni monumentales para explicar la historia de un pueblo. Basta con detenerse un instante.
Cerremos estos renglones evocativos con el deseo de que algún día este pequeño símbolo de identidad de Las Lagunetas encuentre también su lugar en la fiesta de El Pino de Teror, como acaba de ocurrir con la cercana acequia de Utiaca, representada en una hermosa carreta que recordaba la riqueza acuífera de La Vega. Mientras tanto, El Calvario continúa allí, junto al camino, silencioso y firme, como lo ha estado durante generaciones. Y cada persona que pasa frente a él —a pie o al volante—, o quien se detiene a recoger los frutos de unas tuneras cercanas, atraviesa, quizá sin saberlo, un pequeño capítulo de la historia de este pueblo indiano.
