La escritora tinerfeña recibió el Premio Novel Almudena Grandes 2025 por su obra Niñas sucias, un libro de relatos en los que se aproxima, en algunos de ellos, a las infancias rurales de Canarias. Espacios literarios en los que la luz y la oscuridad definen a los personajes y su forma de moverse por el territorio. En los cuentos «Las niñas sucias», «Los ingleses» y «Los alemanes», las niñas se enfrentan a la inaccesibilidad de los espacios reservados para el turista entre las luces y las sombras que los delimitan para la mirada local.
La vida cotidiana del canario se vuelve oscura si se compara con la vida de los turistas de paso, con los espacios diseñados para el disfrute del otro, con las casas que habitan en un tiempo sin estaciones. En los relatos que Elena Correa sitúa al sur de las Islas Canarias, las voces de las niñas y las mujeres del pueblo narran el espacio a partir de la manera en la que son capaces de desenvolverse en él. Encuentran límites, violencia, desplazamientos y una separación con el extranjero que no necesariamente se entiende, pero se asume.
En cuentos esenciales para la obra como el primero, «Las niñas sucias», perciben un cambio en el espacio cotidiano en función de las estaciones. «Cuando llega el verano, el pueblo cambia. El sol quema con más fuerza, se acaba el colegio y las calles se llenan de niñas rubias» (p. 12). Se establece una división en el espacio, y a veces en los cuerpos, identificable en las luces y las sombras como técnica narrativa: «Las niñas rubias hacen castillos en la arena negra. Sus cuerpos flacos y blancos destacan en nuestra playa» (p. 13). Es el primer choque entre las niñas canarias y las extranjeras en el relato. Comparten el territorio, pero no se mezclan entre ellas. Así las niñas rubias y sus nenucos limpios y nuevos se convierten en objeto de admiración y, a la misma vez, de odio. Un odio reforzado por las madres, como figuras que recuerdan a las niñas las limitaciones en el espacio: «Los domingos nuestras madres no nos dejan salir a la calle hasta por la tarde porque los hombres rubios siguen en la plaza de la iglesia, gritándose unos a otros, vomitando en las papeleras y meando en los árboles» (p. 13).
Las dinámicas de poder que se ejercen en las Islas se dejan ver en el relato en forma de prohibiciones, en diálogos integrados en los cuentos, que atienden a una situación que impide o dificulta el desarrollo de la vida cotidiana. En este punto, cobran importancia las voces de las viejas, que reflejan el orgullo –inexistente– del pueblo y que contribuyen en la definición de las niñas, resaltando su inferioridad frente a las extranjeras. «Las viejas nos miran: siempre estamos llenas de mierda, con los pelos arrebujados y los pies descalzos» (p. 11). Las niñas muestran conciencia de ellas mismas: están sucias, oscuras, tan morenas que se confunden las unas con las otras, frente a los cuerpos blancos y brillantes de las niñas rubias.


El canario que se reconoce en la diferencia social y, por tanto, en lo oscuro, aparece en otros relatos de la obra, como «Los ingleses». «Todas las mañanas le parece que el sol que baña el hotel es más luminoso que el de su pueblo» (p. 40). La protagonista de este cuento trabaja para el turismo y sufre la violencia de sus estructuras de poder directamente sobre su cuerpo, pues un hotel es un espacio en el que el comportamiento del extranjero no tiene normas. El de los trabajadores, en cambio, sí. Elena Correa retrata así las zonas dedicadas al turista, no solo como inaccesibles para el canario –a no ser que sea para trabajar–, sino como un lugar en el que están desprotegidos ante la violencia. Sobre todo las beautiful canarian girls.
Por su parte, en «Los alemanes», la mirada infantil descubre una forma de vida distinta y desea integrarse en ella, a falta de un sentimiento de pertenencia en su propio entorno. La protagonista observa a escondidas a los alemanes y entiende que «ellos vivían en un mundo diferente. Un mundo en el que no hay estaciones. Un mundo en el que todos son rubios y altos» (p. 72). La distancia social cobra un carácter místico en este relato. El espacio inaccesible es sagrado, silencioso, la abuela se persigna mirando al cielo cuando está cerca, cuando se habla de él y, de nuevo, el canario está desprotegido ante la violencia.
En varias zonas, a la sombra de las palmeras, había altares. Con santos, con figuras parecidas a las de la iglesia, pero sin coronas de espinas y sin el anillo dorado encima de la cabeza. Les ponían flores y velas y a los santitos les brillaba la cara, como si se fueran a derretir (p. 64).
Como en «Los ingleses», la entrada del canario en el espacio del turista implica una desgracia, un acontecimiento horrible como consecuencia de la falta de normas en el comportamiento de los extranjeros. La autora resalta así que la coexistencia de los grupos no significa una convivencia, pues las dinámicas de poder benefician siempre al otro. De esta manera, la forma en que actúan los personajes está definida por el lugar que ocupan en el espacio. En «Las niñas sucias», las niñas se identifican con lo salvaje y responden como tal:
El verano pasado, una niña rubia se separó del grupo, vino con nosotras y jugamos a las ahogadillas con ella. El mar estaba revuelto. Cada vez que sacaba la cabeza, apretábamos fuerte hasta el fondo. Queríamos que se pinchara los pies con las rocas picudas. Queríamos que la sal le entrara por la boca, la nariz y los pulmones (p. 13).
En la identificación con el territorio se aprecian otras formas de resistencia en estos relatos. En «Los alemanes» son los nombres guanches. «A mi hermano lo llamaron Acaimo. Cuando nació, con el pelo negro y la piel tostada, mi madre pensó que necesitaba un nombre de príncipe guanche, de guerrero, de valiente» (p. 61).
Sin intención de restar importancia al resto de relatos que componen la obra coherente e interesantísima de Elena Correa, quisiera resaltar que, para una identidad canaria en formación, esta representación en literatura de las infancias en los sures de las Islas, lugares que asociamos al destino turístico, es una reivindicación de la canariedad desde una perspectiva completa.
