Revista nº 953
ISSN 1885-6039

Miguel Sarmiento escribe sobre el pintor Pablo Ruiz Picasso.

Viernes, 30 de Octubre de 2009
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 285

El carácter franco y abierto de Miguel Sarmiento queda patente en el modo de expresar sus opiniones con respecto al pintor. Sus amigos Agustín Millares Carlo, o Rafael Romero, comentaban su risa estruendosa y desinhibida. Recuerdo al lector que Miguel Sarmiento, además de finísimo escritor y crítico, era también un excelente dibujante. En la prensa de la época se pueden ver sus ilustraciones y retratos.


 

El rescate de hoy es otro texto de Miguel Sarmiento Salom, de 1905, sobre el pintor malagueño Pablo Ruiz Picasso.


Se publicó el artículo en la revista El Museo Canario, pero es muy probable que el escrito viera la luz anteriormente en algún periódico catalán o mallorquín. En la revista de la institución grancanaria aparecía el nombre de Miguel Sarmiento como colaborador, o como redactor, sobre todo cuando su hermano mayor, Arturo Sarmiento Salom, la dirigía. Estamos hablando de los dos últimos años del siglo XIX y de los años 1900, 1904 y 1905. Hay momentos en que aparece su nombre como redactor, pero no hay textos suyos en la revista. Todo lo que publica en 1904 y en 1905 es de tema mallorquín o catalán, sobre arte y literatura.


En este texto aparece el tema del “desdibujo” en Picasso, tan citado en la crítica contemporánea. Dice Sarmiento que la “acritud” y el “desdibujo” son las dos negatividades de Picasso. A pesar de ello, la impresión en el observador de su pintura es “muy penetrante”.


Unos años antes, decía casi lo mismo Miguel de Unamuno en carta a su amigo Bernardo G. de Candamo, de 23 de marzo de 1901: “No conocía a ese Picasso, que me agrada mucho, si no notase cierta afectación en desdibujar. En esto soy de un criterio acaso estrecho; de la escuela de Kaulbach y de Flaxman, de burilar los perfiles”. Hoy nos dice el hijo de Candamo que su abuelo, Ladislao González de Candamo, “aconsejó destruir el retrato al carboncillo que el adolescente Picasso había regalado a su coetáneo amigo Bernardo G. de Candamo, por considerarlo una efigie paupérrima y arbitraria, indefinida en los vigorosos sueltos chafarrinones de carboncillo, aplicados con displicencia para el entendimiento burgués.”1 Picasso coincide con Bernardo G. de Candamo en la revista Arte Joven, que se editaba en Madrid (5 números entre marzo y junio de 1901). El pintor malagueño ejercía de director artístico de la revista, propiedad del escritor e industrial barcelonés Francisco de Asís Soler, que aparecía como director literario.

 


 


El carácter franco y abierto de Miguel Sarmiento queda patente en el modo de expresar sus opiniones con respecto al pintor. Sus amigos Agustín Millares Carlo, o Rafael Romero, comentaban su risa estruendosa y desinhibida. Recuerdo al lector que Miguel Sarmiento, además de finísimo escritor y crítico, era también un excelente dibujante. En la prensa de la época se pueden ver sus ilustraciones y retratos. Uno de sus mejores amigos fue quizás el escritor y pintor Santiago Rusiñol, del cual escribió en varias ocasiones y de quien tradujo algunos escritos. En el texto que presento, se pueden ver citados otros artistas del entorno catalán, como Riquer, Llaverias, Nonell Monturiol, Galofre, García Ramos, y Agrasol. Y, ¿cómo no?, también se nombra el Salón Parés de Barcelona, visita casi obligada los días festivos por los barceloneses después de salir de misa. Allí llegaría algunos años después nuestro pintor Néstor. De Picasso y del ambiente entre pintores en Barcelona da Sarmiento en este artículo detalles curiosos.


En todos sus escritos, tanto de obra de creación como en las reseñas de libros o de exposiciones, Sarmiento pone siempre algo de sí mismo. Nunca es aséptico con lo que trata. Aquí lo vemos acudiendo a su experiencia personal, expresando su opinión sobre la “otra España” que los artistas deben presentar, poniendo como ejemplo el trabajo de Cecilia Bölh de Faber y de Gustavo Adolfo Bécquer. Resalta en Picasso su fidelidad “a sus propias impresiones”, y parece que le invita a alejarse de la representación de la “España negra” que quieren los extranjeros. En el intento del descontento Picasso por “dar con la expresión ingenua de la realidad”, le censura Sarmiento “la rigidez y la actitud del estilo egipcio” que da a sus figuras.


Y no me digan que no existe voluntad de estilo en este texto que no tenía por qué ser literario. Nótese, por ejemplo, la sutil sinestesia que es todo el escrito, al mezclar lo visual con lo auditivo: pintura, música, lectura.


Miguel Sarmiento Salom, hasta enero de 1900, firmaba como Miguel C. Sarmiento (Miguel Casiano Sarmiento). Comenzó a escribir para el público, al parecer, en 1895, colaborando en los periódicos en los que su hermano Arturo tenía alguna responsabilidad. El primer escrito suyo que he visto fechado en Barcelona es de noviembre de 1898, cuando tenía 22 años. Había nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1876, donde fallecería en 1926.


En la época en que se escribió este artículo, posiblemente a finales de 1905, Picasso no era ningún desconocido. Ya había concluido lo que se llamará posteriormente el período azul de su obra, y comenzaba el período rosa.

 


 

 

 

 

PICASSO2

 

Es inútil buscarlos. Aquí en Barcelona no hay grupos ni “capillas” ni oratorios. Cada pintor vive aislado, cada cual trabaja fuera de toda comunión con los demás pintores. Aquí, un bohemio –la palabra sugiere ideas de arte, de compañerismo y de alegría– es algo triste, algo ridículo, puramente decorativo que choca en este aislamiento, desolador para cuantos venimos a la gran ciudad pensando en la Barcelona artista, en la Barcelona madre de todas las iniciativas juveniles. Yo voy conociendo este mundo y puedo escribir mis impresiones. Una de ellas es el aislamiento ese y, sobre todo, la indiferencia hostil, si puede decirse, con que cada artista acoge las obras de sus compañeros. “Conviene que vivamos solos”, me dicen a veces. “Somos así más amigos”. Y se equivocan.


Más vale dirimir contiendas en discusiones y disputas a voz en cuello, que mantenerse en esta hostilidad en la que las referencias de la opinión ajena van sembrando antipatías –no siempre fundadas– entre unos y otros.


Y aun cuando esa “reserva” fuese provechosa, un cronista no podría aceptarla. Es un inconveniente y una molestia grande. Aquí hay que conocer a los pintores uno por uno. Es necesario ir y venir, buscando en sus talleres, en sus casas. ¡Cómo no echar de menos las “capillas” donde se logran a una vez muchas amistades sin necesidad de largos trotes por los talleres!


No recuerdo dónde conocí a Picasso. Lo advierto a los cronistas del porvenir que, sin duda pondrán empeño en averiguar ese detalle interesantísimo de mi vida. Lo hallé por ahí, en la Rambla, en casa de Parés o en una chocolatería; y ahí, en uno de esos sitios, me lo presentaron. “Ahora no tengo taller –me dijo–. Venga usted a casa. Allí tengo dibujos y algunos cuadros.” Y no fui. Un pintor y, sobre todo, las visitas a un pintor, estorban siempre en una casa.


Picasso ya tiene estudio. Yo he visto sus obras. Ha colgado su taller allá en el paseo de San Juan. La ventana se abre hacia el Parque. La casa es una pequeña colmena donde se han refugiado otros pintores. Allí tiene Nonell Monturiol su taller. Pero no vayan allá en busca de Picasso. Raro será el día que le encuentren allí. Picasso trabaja muy poco ahora. Piensa marcharse a París, y esa idea le distrae; pinta a desgana.


Como todos los muchachos que han vivido en París, Picasso echa en falta en la hora de lucha y de creación la fiebre de la gran ciudad. Se considera “de paso” aquí en Barcelona. Es esa la enfermedad terrible de toda la juventud nuestra. Divorciado del medio en que se vio, no se puede trabajar. Es la enfermedad de los idealistas, de los desarraigados, de todos los que en sus propias obras y en la vida buscan siempre un más allá. Dolencia funesta, incurable, tan perjudicial como el “vuelva usted mañana” de los españoles.


Hablo siempre de las obras de Picasso con verdadero miedo. Picasso es de los jóvenes que hacen exclamar a las personas razonadas: “¡Ese chico!”


Difícil será que los elogios a él no se vuelvan en censuras a mí. Eso no es, no ha sido nunca arte, dicen muchos, y se quedan tan satisfechos, convencidos de que sólo las almas suyas guardan el fuego sagrado. Yo sólo sé que las obras de Picasso, a pesar de su “desdibujo” y de su acritud, dejan en quien desapasionadamente las mira, una impresión muy penetrante.


En ellas se descubre el descontento de un espíritu que lucha por dar con la expresión ingenua de la realidad por él observada. Por eso mismo, por oponerse a la sinceridad de esa observación, no me satisface la tendencia que se advierte, en las últimas obras de Picasso, a dar a las figuras la rigidez y la actitud del estilo egipcio.


La pintura de Picasso no es definitiva. Si lo fuera, no la elogiaría yo. Es la obra de un espíritu que aspira a ser fiel a sus propias impresiones; que pone esa fidelidad por encima de los triunfos fáciles de la técnica. He ahí la desventaja de Picasso frente a esa multitud joven, que, por imitar las obras de los maestros, aparecen a los ojos del público como hombres razonables, de gran porvenir.


Picasso no ha podido, como es natural, sustraerse del todo a las sugestiones del arte de hoy. También él se inclina a buscar su pintura entre la gente del hampa, en la España triste. Y yo creo que estamos abusando ya de la “España negra”, que estamos haciendo ya sin advertirlo pintura “para mercado”. París nos exige hoy una España tétrica, “inquisitorial”, color ocre, en consonancia con el juicio que tiene de nosotros. O toros y sangre o miseria y tristeza. Para el francés no hay otra España.


Sin duda, influye también en eso la reacción que nuestros pintores jóvenes sienten contra esa España de abanico, falsificada en las acuarelas de Galofre, en las pinturas de García Ramos, de Agrasol y tantos otros.


Hay otra España sin duda. Dicen nuestros pintores que no es característica. Yo creo que sí. Será más difícil de sorprender, de encontrar; pero existe. Tras esa Andalucía llena de moños, que “exportamos” al extranjero, hay una Andalucía llena de serenidad, de poesía; de gracia, menos pintoresca, menos luminosa tal vez. Hace años, una noche estrellada, iba yo desde La Línea de Gibraltar a San Fernando3. Iba de mala gana. Aquella Andalucía, gentes famélicas de panitoros y medio colmillo que veía yo por primera vez, actuando de listos y de graciosos en la frontera inglesa, causaban en mí hondo disgusto. ¡Qué decepción! Era la noche diáfana y yo iba a pie. Hasta el camino subía el aroma de los sembrados. Tras de mí marchaban algunos trajinantes con sus recuas. Uno de ellos rompió a cantar. Cantaba a la buena de Dios, sin largos jipíos, sin ¡olés! Hablaba de su huerta de Sevilla, del Guadalquivir, de una mujer. ¡Lo de siempre! Pero en su voz dulce, en la noche estrellada, había un sentir profundo, una poesía verdadera, algo doloroso y alegre a un tiempo. Era la Andalucía que Fernán Caballero adoraba con su optimismo cristiano, la Andalucía que Bécquer describió en sus páginas tristemente hermosas.


Y lo que digo de Andalucía tal vez pudiera decirse de toda España.

 

Miguel Sarmiento.
 

 

 


 

Las ilustraciones son del propio Miguel Sarmiento y están tomadas de la hemeroteca de El Museo Canario.

  

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1. En Jesús Alfonso Blázquez González.- Miguel de Unamuno y Bernardo G. de Candamo: Amistad y epistolario (1899-1936). Madrid, ediciones 98, 2007. Dentro del Prólogo de Luis G. de Candamo. La carta de Unamuno aparece en las pp. 325-326. La publicó anteriormente, con alguna variante, Laureano Robles, en su Epistolario inédito. I (1894-1914) de Miguel de Unamuno (Madrid, Espasa-Calpe, 1991, pp. 83-85).

2. El Museo Canario. Revista mensual. Año X, n.º 187, t. XVI, Enero de 1905, cuaderno 3.º, pp. 139-141. También se publicará en el periódico grancanario La Prensa, 6-IX-1906: “Crónica. Picasso”.

3. En la revista San Bernardo.

 

 

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Comentarios
Lunes, 09 de Enero de 2012 a las 22:37 pm - A. Henríquez

#03 Amigo Valeriano C. Labara. Entre los textos que tengo recopilados de Miguel Sarmiento no me aparece el nombre de Fco. de Asís Soler. Tengo muchos textos hasta 1912; menos de ahí en adelante. Lo siento. Un saludo, Antonio Henríquez

Domingo, 08 de Enero de 2012 a las 00:52 am - Valeriano C. Labara

#02 Tiene constancia de la relación entre Sarmiento y Francisco de Asís Soler, amigo de Picasso? Gracias

Lunes, 02 de Noviembre de 2009 a las 21:48 pm - A. H.

#01 Mi amigo JM me comunica, entre otras cosas, que para él lo mejor del texto de Sarmiento es la idea de que \"la pintura de Picasso no es definitiva\"; y con ello, apreciaciones tan reveladoras como el descontento del espíritu o el miedo que produce su pintura. Y todo ello desde la cercanía, desde la proximidad

Gracias, JM

AH