Revista nº 872
ISSN 1885-6039

Testimonio oral: doña María Gorrín Lorenzo.

Martes, 09 de Marzo de 2010
Nuria González Santos
Publicado en el número 304

Ayer se celebraba mundialmente el Día Internacional de la Mujer, fecha que, como todas las conmemorativas, sirve para recordar algunos aspectos sociales, históricos y, en definitiva, vitales que tienen una enorme importancia en el día a día humano. Nosotros quisiéramos también sumarnos a este día acercando la vida de una mujer sencilla y trabajadora de un rincón de las Islas Canarias: Arguayo, en Santiago del Teide (Tenerife).

 

Doña María Gorrín Lorenzo nació en Arguayo (Santiago del Teide, Tenerife) el 14 de agosto de 1914. Su infancia transcurrió en dicho barrio junto a sus padres Domingo Gorrín, de nacionalidad cubana, y María Lorenzo, arguayera. María Paloma, que así es como se la conoce en su pueblo, tuvo nueve hermanos y una hermana, la cual murió muy joven dejando dos niñas pequeñas a las que crio ella con tan solo doce años.

 

A los nueve años María Paloma comenzó a trabajar ayudando a su padre en las labores del campo. Recuerda: yo iba a arar, a sembrar con mi padre, cuando él se cansaba, se echaba debajo un escobón, porque él ya estaba viejito, cogía yo el arado y me ponía a arar, cogía un sacho y pasaba el terreno y segaba y sembraba. También ayudaba a su padre amasando barro para fabricar teja: iba a amasar barro cuando mi padre hacía teja y me metía dentro de la pila, no la pila sino hacían como un cerco y lo llenaban de tierra y después ahí se iba echando agua y se iba haciendo y había uno horma pa hacer la teja y a veces le quitaba la horma a mi padre y mi padre iba pa tender y le decía esta la tiendo yo. Y leña bajé también bastante, de codeso pa calentar el horno. La leña se sacaba de los volcanes y la tierra se sacaba de los pedacitos que teníamos allí en La Hoya. Doña María también trabajó recogiendo cochinilla, que se solía recoger en los días próximos a las fiestas, así con el dinero que sacaban se compraban las telas para hacerse los vestidos que lucirían esos días. Que entonces se compraba un metro de tela con un real, de las telas buenas buenas.

 

Doña Maria no pudo ir a la escuela, pero aprendió a leer y escribir, con una caligrafía admirable. Casi se podría decir que aprendió sola; no obstante, algo sí le enseñó D. José María, vecino de Arguayo, a quien llamaban El Viejo José María, que enseñó a María a hacer las letras del abecedario. Yo no tuve maestro ni nada, no tuve tiempo de ir a la escuela porque tenía que trabajar. Tenía un hermano en Cuba y él escribía y entonces cuando miraba y veía lo que ellas estaban leyendo a mí me quedaba en la imaginación, cogía las cartas y las ponía sobre una mesa, cogía los pizarrines que había antes y me ponía con aquello a escribir. Únicamente me enseñó José María, yo me echaba a correr y me iba pa casa del viejo José María, y mi madre me iba a buscar y José Maria le decía a mi madre: "tú no le pelees a Maria, tú déjala venir, que María es muy inteligente y María lo que quiere es aprender", pero ya era viejito y al poco tiempo murió.

 

Doña María se pone algo triste cuando recuerda los momentos difíciles de su vida. La vida de antes era muy dura, había mucha miseria y habían penas, nos dice, pero pronto se alegra cuando le preguntamos por sus juegos infantiles y nos cuenta cómo se jugaba a los civiles, al escondite y a la gallina ciega. A los civiles era: allí donde había un zonal, nos pegábamos a correr a ver quién se cogía unos por otros, el que cargaba con él se quedaba, y se quedaba pa volver a correr.

 

 

Pero a doña María desde pequeña lo que más le gustaba era bailar y cantar. Los domingos y días festivos se iba de parranda por las calles con su hermano Ismael y después a los bailes que se celebraban en todas las ventas del pueblo. Los domingos por la tarde se hacían las parrandas y luego se decía "bueno, ahora vamos a bailar". A mi me reinó mi hermano Ismael, yo iba con él a los bailes. Doña María era una excelente bailadora y todos querían bailar con ella, nos recuerda que le decían que bailaba tan bien y tan liviana que parecía que lo hacía descalza. Todos querían bailar conmigo y yo no, yo salía y bailaba con quien me daba la gana. Yo era siempre de las primeras que sacaban a bailar, me ponía a bailar y me decían "pero si tú estas descalza, tú no tienes zapatos"; cuántas veces Paulino el de Las Manchas me lo decía: "Paloma de los diablos, tú no te pones zapatos pa bailar"; y yo le decía: "no, yo me los quito".

 

María Paloma se casó, a los veinte años, con D. José Martín, vecino del pago de Arguayo. Se puede decir que lo conocí en mi casa. Cuando le preguntarnos si era buen mozo, nos dice: era feo que espanta, pero era bueno, siempre estaba trabajando. Yo me casé un domingo y el lunes fue a payar carbón pa montaña vieja, teníamos una carbonera, trajo cinco duros. Tuvieron cuatro hijos, tres chicos y una chica.

 

Después de casada doña María continuó trabajando en la agricultura, ayudando a su marido. Teníamos sembrado centeno, lentejas, cebada, papas... en Los Baldíos y también en un pedacito que teníamos en el norte, pues todo eso pasaba por las manos mías. También vendió pescado, iba a buscarlo a Alcalá y después recorría andando los pueblos de Santiago del Teide y la zona del Valle de El Palmar, la Montañeta, etc. para venderlo. Yo cogía una cesta de higos picos y me iba pal Puerto Santiago y traía pescado pa vender. Yo hice toda clase de trabajo: araba, sembraba, cogí cochinilla, cargué pescado.

 

Posteriormente, trabajó como panadera en la panadería familiar de sus suegros. Yo sabía un poquito, porque mi tía Teodora hacía rosquetes y hacía pan y todo eso y yo era una goledora, a mí no me gustaba sino ir allí donde estuvieran trabajando, porque cosa que yo veía trabajando, cosa que yo lo he aprendido. Teníamos la panadería aquí en un hornito de leña que tenía mi suegra, de esos de leña antigua y allí empezamos a trabajar. Teníamos a uno de Guía, Ramón, que a la madre le decían Doña Teresa, de Chío, que venía a enseñarnos. A los tres días de tener a mi Evangelista fui y me puse a trabajar con él y llamó a mi marido y le dijo "ven pacá que ésta es la panadera", y me quedé haciendo pan y trabajando en la panadería. Recordando los difíciles años de la posguerra nos dice: recuerdo cuando el pan racionado a medio pan por ración, lo despachábamos por la ventana, porque no podíamos abrir la puerta, la cocina tenía un postigo y por la ventana garrábamos y lo despachábamos.

 

Doña María nos cuenta una simpática anécdota en relación con los remiendos que había que hacerle antes a la ropa para no quedarse desnudos, pues había poco dinero para presumir de ropa nueva. Ella tenía una máquina de coser y se daba muy buena maña con ella. Yo cogía pedacitos de tela de pantalones que habían rotos, los cortaba y cogía la máquina y juntaba esos pedacitos de tela (...). Una vez le arreglé unos pantalones a mi marido, que cuando se los puso, mi hermano Antonio, que era muy chistoso, le dice: "¡Qué guapo viene mi cuñado hoy!, pareces el mapa de España.

 

Por otra parte, doña María es una de las caladoras más destacadas del municipio de Santiago del Teide. Durante muchos años dio clases de calados en Arguayo, llegando a tener hasta veintidós alumnas. Aún hoy, a sus 94 años, es habitual verla en su sillón frente a su bastidor de madera, calando delantales, paños, centros de mesa, etc. A mí siempre me ha gustado calar. Cuando chiquita, yo me iba a las casas de calados y veía haciendo los calados y así aprendí yo. Doña María hacía calados por encargo. Calar una colcha te valía cinco pesetas. Y también los solía vender a los comerciantes indios, que tenían casas de calados en el sur de la isla. Iba uno a venderlos donde había casas de calados y había ropa también y traía uno la ropa y traía calados pa pagar.

 

 

Doña María nos enseña algunos calados que guarda en cajitas de cartón; ella aprovecha cualquier trocito de tela para calar; hilo, muselina e incluso tergal, tela ésta casi imposible de calar. Nos dice que algunos calados los hace sacando la hebra sin prensar en el bastidor. Éste está hecho pero sin prensarlo ni nada: yo cojo, lo marco y después lo saco así. Uno de sus hijos, que nos acompaña en la visita, nos comenta que Doña María se pasa la mayor parte del día calando y a las once de la noche tiene que decirle que se acueste porque si no ella continúa. Nos dice que un paño lo hace en dos días.

 

También doña María ha sido siempre muy aficionada a inventar y cantar versos, especialmente los denominados cantares de búscate la vida. Doña María hoy en día aún mantiene esta afición y nos enseña su libreta en la que sigue escribiendo ingeniosos versos, algunos de ellos bastante picones, que nos lee con mucha simpatía. Nos dice que por las noches a veces sueña que está en una parranda cantando, y es que a sus 94 años sigue conservando un admirable espíritu alegre que enternece y contagia a quienes la conocen.

 

 

Fragmento de la poesía compuesta por doña María Gorrín Lorenzo con ocasión de la inauguración del horno alfarero Cha Quiteria, en Arguayo (Santiago del Teide), el 1 de diciembre de 1984.

 

Estamos inaugurando hoy
el horno de Cha-Quiteria
una alfarera muy vieja
da pena de que muriera.

Hay varios recuerdos de ella
que los recordamos hoy
para su triste familia
es una gran emoción
el recordar este día
su triste separación.

Llas que vendían la loza
no tienen buenos recuerdos
que se viraron de patas
por esos riscos de adentro.

Del llano se sacó el barro
de los volcanes la arena
de Las Manchas el almagre
y con penas y trabajos
el agua de las laderas.

Hace poco que intentamos
la nueva generación rescatar
con nuestras manos
esta humilde tradición.

(…)

 

(Extracto tomado de la Revista Chinyero, nº 1)
 

 

 

Artículo publicado en el nº 1 de la revista Mundo Rural de Tenerife.

 

 

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