Revista nº 838
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados VII: Luisa y Maruca

Viernes, 12 de Junio de 2009
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 265

Habían pasado sus vacaciones de verano en Tazacorte y, aunque al principio de aquel cálido verano todo marchaba de maravilla, sin embargo, como “la felicidad nunca es eterna”, Luisa y Maruca, un buen día, cuando felizmente paseaban frente a la playa, notaron que el sofocante calor costero, reinante en Tazacorte, les secaba la garganta. Quisieron sumergirse en aguas más profundas pero, cuando lo intentaron, ya era demasiado tarde. Por mucho que lo intentaron, no podían moverse.


- Ay, hija, casi no llego. ¡Qué cansada estoy! Tengo el cuerpo como si me hubieses dado una molienda de palos -comentaba Luisa con su hermana Maruca-.
- Más cansada estoy yo. Traigo hasta un tapón en la nariz que tuve que ponerme cuando pasé por las aguas negras de de la Avenida El Puente.


Era esta la conversación que sostenían Luisa y Maruca cuando, después de un largo y accidentado recorrido, se volvieron a reencontrar, en pleno mar, frente a la Avenida Marítima de Santa Cruz de la Palma.

Pero ¿quiénes eran Luisa y Maruca?

Eran dos hermosas gotas de agua procedentes de El Pico de la Nieve y que, tras una serie de estrambóticas aventuras cada una, después atravesar los montes, el campo y la ciudad de Santa Cruz de la Palma tuvieron la suerte de reencontrarse de nuevo, como decía, en pleno mar, frente a la Avenida Marítima.

Habían pasado sus vacaciones de verano en Tazacorte y, aunque al principio de aquel cálido verano todo marchaba de maravilla, sin embargo, como “la felicidad nunca es eterna”, Luisa y Maruca, un buen día, cuando felizmente paseaban frente a la playa, notaron que el sofocante calor costero, reinante en Tazacorte, les secaba la garganta. Quisieron sumergirse en aguas más profundas pero, cuando lo intentaron, ya era demasiado tarde. Por mucho que lo intentaron, no podían moverse. Su cuerpo parecía hincharse por momentos. Se sentían cada vez más y más débiles. Era una extraña sensación jamás sentida, algo así como si alguien invisible intentara elevarlas hacia el cielo, cual globos aerostátitos.

El húmedo calor de aquel verano se hacía cada vez más y más intenso, era ya casi insoportable. Al final sucedió lo inesperado. Luisa y Maruca ascendían al cielo contra su voluntad, absorbidas, sin poder hacer nada por evitarlo. Gracias a Dios que al menos tuvieron tiempo de cogerse de mano. En su ascensión vieron como Tazacorte se alejaba de ellas o ellas de Tazacorte. Cesaron los llantos y se miraron una a la otra asustadas; casi no se reconocieron, sus cuerpos estaban algodonados, blancos y húmedos. Al final aquella fuerza de ascensión al cielo, casi sobrenatural, cesó y en ese mismo momento se vieron rodeadas de otras muchas muchísimas amigas, todas vestidas de blanco. Sorprendidas se acercaron a las más cercanas y tímidamente preguntaron dónde estaban.

- En el cielo con tus hermanas -le contestó una de aquellas muchachas habitantes del sideral espacio-.
- Por favor, hermana, dime cómo he llegado hasta aquí -preguntó Maruca a la compañera que más próxima a ella estaba-.
- El calor, hermana, el calor -le respondió con cristiana resignación-.
- Pero dime: ¿qué mal he hecho para que me traigan hasta aquí en contra de mi voluntad? -continuaba insistiendo Maruca-.
- La ley de la vida, hija -exclamó y repitió-: La ley de la vida.


Después de un prolongado silenció terminó diciendo con voz, que más que voz parecía un suspiro, “sabemos cuando nacemos pero no cuando partimos”.

El hecho de verse rodeadas de tantas y tantas hermanas tranquilizó los ánimos de Luisa y Maruca. La noche se acercaba lentamente y abajo, muy lejos, comenzaron a brillar las luces de las ciudades y pueblos de nuestra querida isla de La Palma. Las ciudades de Santa Cruz de la Palma y de Los LLanos destacaban del resto de la isla. Pero sus luces, al igual que las del resto de la isla, no eran brillantes como aquellas que veían a lo lejos, allá, en Tenerife. Estas, las de La Palma, eran más apagadas, tristonas, de color rojizo tenue, como muertas o a punto de morir.

Extrañadas de tal fenómeno, Luisa se acercó cautelosamente a una de aquellas hermanas, que por su aspecto le pareció la menos arrogante de las que a su lado tenía, y preguntó:

- Hermana, ¿por qué allá, a lo lejos, en Tenerife, las luces de su ciudad son más brillantes que las que tenemos bajo nuestros pies, en La Palma?
- Mira hermana a tu derecha y observa aquella gran montaña. ¿La ves? Es El Roque de Los Muchachos.
- Sí la veo, y también veo unos redondos edificios en lo alto -le contestó Luisa mientras escudriñaba atentamente el espacio-.
- Esa es la razón, hermana -y le explicó muchas y muchas cosas sobre astronomía que Luisa por aquel entonces desconocía. Pero sí le aclaró que para poder ver las estrellas había que apagar las luces de nuestra isla-.
- Hermana -preguntó Luisa -, ¿cúanto le pagan a la isla de La Palma por pasar las noche casi a oscuras en beneficio de la humanidad?
- Nada, hija -contestó la vecina-. Es que La Palma y los palmeros lo damos todo a cambio de nada,


Después del agotador viaje, desde la tierra, el sueño se apoderó de Luisa y Maruca, y en los brazos de Morfeo estaban cuando un ruido ensordecedor las dejó sobresaltadas. Se incorporaron rápidamente y apenas tuvieron tiempo de echarse a un lado, pues de no haberlo hecho las potentes turbinas de un enorme avión yumbo, que atravesaba el espacio, se las hubiese llevado en la flor de la vida.

El resto de la noche lo pasaron muy intranquilas. Ellas pensaban que los únicos peligros que existían estaban abajo, en la tierra firme, donde viven los hombres. Más ahora se percataron de que ni tan siquiera en el cielo se puede “vivir tranquilo”. Así que llegaron a la conclusión de que estés en donde estés siempre tienes que estar “ojo al loro”.

El amanecer del siguiente día fue hermoso. Vieron la salida del sol desde un ángulo nunca observado por el ojo humano. La luz del nuevo día les facilitaba la vista desde las alturas y confirmaba a La Palma como la verdadera isla bonita, la más hermosa de las Canarias. Los montes parecían más verdes, las flores más brillantes, los prados y las laderas más fascinantes y los barrancos más fantásticos. Sin embargo, algo les entristeció o, mejor dicho, como palmeras, hijas de esta isla, “les avergonzó”. Eran unas enormes manchas blancas, antinaturales y horriblemente feas. Eran “los invernaderos”, los que restaron importancia y hermosura a tan natural belleza de nuestra isla.

Pasaron el otoño, arriba, en los cielos de La Palma. A diario observaban a todos los palmeros y las palmeras en su diario vivir y desvivirse. A los pobres, en su pobreza, a los ricos en su riqueza, a los soberbios en sus iras, a los humildes en su felicidad.

Entrado ya el mes de Diciembre, cuando se disponían a celebrar la Navidad arriba, en las alturas, más cerca de Dios que nunca, algo inesperado sucedió. Era un ruido intenso. Esta vez no eran motores de aviones, ni procedía de la tierra. Venía de allá, del Sur. Azuzaron el oído y a medida que pasaba el tiempo aquel enorme ruido se acercaba más y más a ellas. El miedo se apoderó de sus cuerpos y un intenso frío comenzó a helarle las manos y pies. A medida que el potente ruido se acercaba, el frío era cada vez más intenso, ya casi no podían hablar, perdieron la conciencia y de inmediato cayeron en un profundo sueño. Dormidas e inconcientes el temible viento huracanado del sur las trasladó rápidamente al Pico de la Nieve, convertidas en blanca y fría nieve.

Pasaron el invierno en dulce sueño. Situados bajo una enorme roca, su cama era para ellas un lugar privilegiado dentro del entorno que constituye el Pico de la Nieve. Llegaba la primavera, el agradable calorcillo primaveral las iba poco a poco despertando a ellas y a aquellas otras hermanas, que juntamente habían pasado, en dulce sueño, los fríos del temible y crudo invierno. Cuando Luisa y Maruca despertaron ya lo habían hecho la mayoría de sus compañeras.

Aquel calorcillo, que una mañana les despertó, aumento de intensidad y ello provocó la necesidad de hacer rápidamente sus maletas y partir a las órdenes de una señora llamada La Fuerza de la Gravedad que les obligaba a tener como destino Santa Cruz de la Palma, ciudad ésta que desde la posición en la que se encontraban, podían contemplar, abajo, frente al mar, en todo su esplendor.

"Vamos rápidamente, hermanas", se decían unas a otras, y en insólito atropello penetraron en la tierra dejándose llevar sin oponer resistencia alguna. Bajaron por Mirca rumbo al mar. A ese hermoso mar que rodea la isla y que ellas ya conocían ya que en él habían pasado parte de su juventud, allá no muy lejos, junto al hermoso pueblo de Tazacorte. Raíces de brezos, fallas, viñáticos y de gruesos pinos iban dejando atrás, a su paso en su vertiginosa e irremediable carrera hacia el mar.

Inesperadamente, empujadas por la corriente acuífera, salieron a la superficie. La luz del día les deslumbró. Preguntaron en dónde estaban y una gota, ya mayor y experimentada en estas aventuras, les informó que estaban la fuente de Barbuzano, en Mirca. Ni tiempo tuvieron para disfrutar del paisaje. Unos seres llamados “hombres” se personaron en la fuente y en enormes botellas apresaban a ellas y a todas sus hermanas, y se las llevaron.

Luisa y Maruca se cogieron fuertemente de la mano. Gritaron horrorizadas al verse prisioneras dentro de aquel botellón… Nadie les oyó. Trasportadas en camión, las condujeron a una embotelladora. Allí había muchas botellas, unas pequeñas y otras grandes; eran como celdas de una misma cárcel. Sin miramiento al sexo ni a su condición de hermanas , los hombres las colocaban a su antojo, sin preguntarles, obviando sus deseos, abusando de su debilidad. La suerte les jugó una mala pasada, y por desgracia, quedaron separadas. Luisa cayó dentro de una botella y Maruca en la otra. Cada botella llevaba, en su exterior, un nombre Aguas de La Palma.

Después de varios días encerradas en aquellas cárceles de cristal, fueron trasportadas cada una a un lugar distinto. A la llegada, Luisa se dio cuenta de que ese lugar se llamaba SPAR y Maruca se enteró, porque lo vio escrito, de que su nueva residencia se llamaba HIPERDINO. Algunos días permanecieron expuestas ambas hermanas en escaparates.

Un buen día, Luisa observó que una sencilla mujer, con cara de buena persona se acercó a ella. Oía como aquella mujer comentaba con su vecina esta frase. “Me llevaré a esta botella para hacerle el biberón al niño". Así fue como Luisa vino a parar a la cocina de una humilde familia de Santa Cruz de La Palma que, por cierto, vivía por la zona de La Alameda.

Colocada en un rincón de la cocina, a diario observaba la tranquila vida de aquel hogar. Era un joven matrimonio de humildes trabajadores. Su situación económica no era boyante, pero sabían administrar bien lo poco que tenían. La paz y la armonía reinaban en aquella humilde casa.

Maruca estuvo más tiempo en reposo. Ya casi creía que iba a permanecer para siempre en aquel escaparate, cuando un buen día apareció por allí una emperifollada dama de la “alta sociedad” de Santa Cruz de la Palma, acompañada de una joven señorita de la que más tarde se enteró que era su sirvienta o chacha.
 
Cuando a Maruca le depositaron en su nueva mansión quedó sorprendida. Era esta más que una mansión, un palacio señorial. Ricas cortinas se veían por doquier. Lujosamente amueblada era habitada por el matrimonio, un hijo y una hija, amén de sus sirvientas. Fue Maruca depositada en el poyo de la coquetona cocina. Su ubicación duró muy poco. La señora ordenó: “Vacíen esa botella de agua dentro de la pecera”. Varias semanas convivió Maruca dentro de la pecera, en compañía de unos preciosos pececillos. Desde la pecera observaba el cotidiano vivir y desvivirse en conflictos de aquellos arrogantes personajes. Gritos por doquier se oían a diario. Dispuestas entre marido y mujer. El tema de los celos prevalecía sobre los demás. Se hacían escuchas telefónicas a escondidas. Que si tú me engañas, que si sé quién es ella o quién es él. Dormían en camas separadas y odiándose y maldiciéndose mutuamente.

Dinero y más dinero exigía la señora de la casa, que casi vivía más tiempo en la peluquería con sus amigas que en su propia casa.




El señorito y la señorita vivían su vida por separado. Les oía llegar a altas horas de la madrugada. A veces los síntomas del alcohol eran perceptibles desde la pecera También ellos exigían más y más dinero a papá y a mamá. Decían que estudiaban, pero ella nunca los vio en tal ocupación. Pastillas antidepresivas y anticonceptivas se veían por doquier en los aposentos de los señoritos. Cobradores de facturas a diario llamaban a la puerta de aquella mansión y la respuesta de los señores era siempre la misma, vuelva usted mañana, para mañana volverles a decir lo mismo.

Cambia el agua a la pecera, ordenó la señora. Maruca tembló de miedo.

Bajó por el sumidero del fregadero de la cocina y en vertiginosa caída vino a dar con sus huesos en el fondo de un negro depósito. Allí, el olor era insoportable y un negro muy negro manto de sucias aguas lo cubrió todo.

Aquel fue un día de felicidad para Luisa. La botella de agua fue objeto de juego del inocente niño y éste, en su natural ignorancia, vertió su contenido en la calle, con tal suerte para Luisa que en ese momento comenzó a llover y en su frenética huida hacia el mar el torrente hidráulico trasportó a Luisa hacia en mar sin sufrir daño alguno.

- Cuéntame, hermana, a dónde te llevaron y qué viste -preguntó Maruca a Luisa-.


Así, de esta manera, Luisa fue contando, al detalle, todo lo que sabía de aquella humilde familia, que vivía a veces en apuros económicos pero llevando una vida tranquila, sin sobresaltos, sin lujos, ausente de celos. de ansiedades, de envidias y de emociones fuertes. No pudo decir lo mismo Maruca de la familia con la que convivió aquellos inolvidables días, por suerte ya pasados.

Tras larga meditación las dos hermanas llegaron a la conclusión de que la vida de los ricos no es mejor solo “por ser ricos”.

En felicidad hay “ricos pobres y pobres ricos” . Esa es la cuestión.


Noticias Relacionadas
Comentarios
Viernes, 19 de Junio de 2009 a las 10:58 am - Luisa Chico

#01 Muchas gracias por el agradable rato que he pasado disfrutando tu cuento. Gracias sobre todo por compartirlo con todos.

Tu relato nos lleva de la mano por mil caminos de reflexiones, pero además la idea que tuviste al elegir los personajes principales es muy original.

Enhorabuena.